Indistintamente de lo amplio que sea un proyecto, para que llegue a la excelencia y para que éste la mantenga debe tener a su disposición los recursos necesarios para su correcto desarrollo. Entre ellos, el factor humano es esencial al ser el encargado de lograr que el proyecto fluya siempre en su tiempo, adaptándose a las necesidades de sus clientes, pero también anticipándose a las mismas e, incluso, creando los cambios porque en ellos se encuentran los finales, pero también las oportunidades para quien las merece. Las empresas emergentes o startups y las aceleradoras de las mismas son plenamente conscientes de esto. También lo son empresas consolidadas en su sector que, por no contar en todo su organigrama con un solvente factor humano, han sufrido una importante detracción en su dominio del mercado o, directamente, han desaparecido.

Las personas, en su plano laboral, presentan dos grandes facetas: los conocimientos y las habilidades. Hasta cierto punto, se puede afirmar que los conocimientos están conformados por lo que puede aprenderse y las destrezas por lo que puede entrenarse, pero especialmente por aquello con lo que ya se nace y se gesta en los años más tempranos de la vida de cada uno. Cuanto más innato a la persona sean estas capacidades, mayor nivel de aptitud presentará en su desempeño. Por la alta competencia que existe en el mercado, las destrezas son cada vez más relevantes que los conocimientos, los que a su vez serán adquiridos mejor por quienes demuestren interés y, en definitiva, valores y habilidades.

Es complicado evaluar estos valores y habilidades en un candidato a un puesto sin haber estado presente en sus anteriores experiencias laborales o, incluso, personales. De aquí que las entrevistas de los empleadores hayan tenido que innovar para no tener que valerse únicamente del costoso periodo de prueba para un profundo análisis del candidato. Para ayudar en esta tarea de calificación de capacidades han ido surgiendo herramientas como el test DISC o el D’Anchiano, que cada vez utilizan más reclutadores de talento, que no de mero personal.

No se puede hablar de habilidades o valores tanto personales como profesionales como si cada uno operara en una esfera propia incomunicada con el resto, puesto que la realidad es que las cualidades de este tipo son casi inexistentes. La mayoría de las destrezas lo son en sí mismas, pero también potencian otras, es decir, no es que sea indispensable ostentar un valor para poder llegar a tener otro como sucede con la precisión y la capacidad de tomar correctamente decisiones, sino que por poseer una habilidad se dispone de un mayor grado de capacidad para desarrollar otra. Así, por ejemplo, no es estrictamente necesario ser creativo para resolver conflictos, pero, sin embargo, quien tenga desarrollada su creatividad, mostrará mayor solvencia en su capacidad de resolución. Lo mismo ocurre con la rapidez en el aprendizaje y la adaptación al cambio, que, sin ser completamente necesaria tal velocidad, sí que la rapidez aprendiendo jugará a favor de una eficiente versatilidad.

Existe un valor que tiene tres facetas porque es un valor en sí mismo, potencia otros y, adicionalmente a todo esto, es el fuerte nexo que une y perfecciona la totalidad de las capacidades y, además, no es ni ligeramente incompatible con ninguna habilidad. Este valor es la proactividad, que es actitud en estado puro y esta última es la que crea la sólida base de una idónea aptitud. Es germen, desarrollo y plenitud. 

“La proactividad es la actitud en estado puro y la actitud es la que crea la sólida base de una idónea aptitud.”

Por curioso que resulte, en el mundo laboral la proactividad se confunde deliberadamente con la ambición. Si alguien muestra predisposición o, dicho de otra forma, si se mueve con una acertada anticipación parece que es porque quiere destacar para su beneficio personal, dicho coloquialmente, se le cataloga de querer “trepar”. Hay dos principales motivos que justifican que existan detractores de quienes demuestran tener actitud. El primero es que muchos de los que dicen trabajar en equipo, algo que implica una sinergia, realmente lo que hacen es estar en un equipo. El segundo motivo es que la proactividad es la plena antagonista de la comodidad y los mal denominados profesionales valoran en demasía la facilidad de esta última. Así pues, la proactividad es tomar la iniciativa, lo que implica movimiento y, por tanto, esfuerzo.

Pretender creer que el futuro es una sucesión de acontecimientos favorables es una necedad. La inherente incertidumbre de lo que está por venir requiere, aun viviendo un momento propicio, evitar la parálisis para que el proyecto de la índole que sea continúe con su proyección de prosperidad. De aquí que, centrándonos en lo profesional, la persona más proactiva del equipo sea la que deba liderar cualquier proyecto que pretenda convertirse en exitosamente duradero porque estaría bajo las directrices de quien no va a permitir que se caiga en la comodidad de la inercia, la cual puede ser suficiente durante un intervalo de tiempo para gozar de resultados positivos, pero ese proyecto no disfrutará de buena salud, necesaria ésta para que esos resultados positivos sean realmente buenos. Como es obvio, quien lidere debe también aglutinar el mayor número y nivel posible de habilidades, así como conocimientos en concordancia.

Tan importante como otorgar bien el liderazgo es hacer lo propio con el resto de funciones del grupo para que en él reine la armonía. El progreso de nuestro tiempo evidencia que es un error pensar que el líder debe ser proactivo y el resto del equipo puede conformarse con ser reactivo al modo en que lleguen los acontecimientos porque se pierde capacidad de anticipación y, por tanto, creación de oportunidades y éxito. El equipo no puede estar estático esperando a que llegue una situación para operar, igual que tampoco puede ser ciegamente reactivo al criterio de su líder porque se crea una jerarquía rígida insana en la que el líder no es tal, sino un jefe, y el resto del equipo se degrada a un conjunto de simples empleados, o incluso súbditos, que no aportan más que una mera funcionalidad en un engranaje del que nunca se considerarán parte activa.

Una forma de ejemplificar esta situación es compararla con algo tan cotidiano y doméstico como la red wifi de cualquier piso medio. De forma poco técnica, el router equivale al líder que envía la señal por toda la vivienda. El entorno hace que esa emisión vaya perdiendo fuerza y es por este motivo por el que es beneficioso disponer de amplificadores de señal. Estos amplificadores serían los integrantes del equipo potenciando enérgicamente con su proactividad la señal hasta los dispositivos finales que son meros receptores. Si de este ejemplo se eliminasen los amplificadores, el resultado sería que el resto del equipo se convertiría en los reactivos dispositivos mimetizándose así con la inerte tarea y, por tanto, perdiéndose potencial tanto para el desarrollo personal y profesional del mismo, como para el propio proyecto. De aquí la importancia de ayudar al resto del equipo para que alcance su mejor nivel, de rodearse siempre de los mejores y de no ver competencia en el buen hacer de los otros miembros que conforman el equipo.

Manifestar iniciativa nos permite participar en la vida y no ser simples espectadores de la misma. Es por ello por lo que es tan importante mantener siempre predisposición para que nuestra esencia palpite de forma autónoma, se desarrolle con libertad, sea merecidamente valorada por los demás y perdure en todo lo que construyamos, sea o no tangible. El proceso es largo, por lo que ser proactivo no implica un movimiento rápido, sino muchos y constantes.

La naturaleza nos recuerda que manteniendo la proactividad existe florecimiento en toda estación del año. Por mucho que alguien intente adormecer su energía para neutralizar su poder, la proactividad unida al talento personal es imparable. El único destino de semejante unión de mérito es el éxito.

 

 

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